Los huérfanos de Pazhetnov

Valentin Pazhetnov

Foto Sandra Maldonado

Valentín Serguévich Pazhetnov y su mujer Svetlana viven en una casa en la región rusa de Tver, cerca de la frontera con Letonia. Para llegar hasta allí desde Moscú, hay que viajar durante una noche en tren y después recorrer setenta kilómetros en coche sobre un asfalto plagado de baches crueles y cubierto por una capa de nieve especial que parece no resbalar.

Vasili, su  nieto, llegó puntual a la estación de tren, a las 5.30 de la mañana, en un pick-up cedido por la ONG Fund for Animal Welfare (IFAW) la cual subvenciona todo el trabajo que esta familia realiza. Por el camino, nos contó sin pudor, mientras sonaba «Don’t give up» de Peter Gabriel de fondo, que su abuelo fue el primer experto en rehabilitación de osos en todo el mundo. Valentín, un excazador de estos impresionantes animales que ha preferido cuidarlos a quitarles la vida, ha dedicado su existencia al rescate de oseznos huérfanos porque el destino quiso que su madre se cruzara con un cazador ilegal o porque los ositos se perdieron mientras su mamá buscaba comida.

Cuando llegamos al pueblo de cinco casas, completamente asediadas por la nieve, Vasili nos lleva primero hasta su abuelo, un hombre, de unos 75 años, que viste una maravillosa sonrisa y después hasta su padre, Serguéi, quien prepara la primera toma de los oseznos: unos grandes biberones para unos bebés impacientes.

Vasili Pazhetnov

Foto Sandra Maldonado

Nos acercamos a otra casa de madera, a cuatro pasos de la anterior, sin saber qué nos esperaba, jamás lo hubiéramos imaginado: seis oseznos, de tres meses, aguardaban su comida con la misma intensidad con la que se inhala después de contener la respiración durante una apnea infinita. Esa fue la primera sensación que me transmitieron, una fuerza y una vida que nunca antes había sentido.

Oseznos

Foto Sandra Maldonado

Serguéi y Vasili abrieron una de las cinco cajas, para sacar a la primera pareja de ositos que no paraba de hacer extraños ruidos que interpretamos como hambre desesperada. Antes de estar preparada para lo que iba a contemplar, los ositos ya estaban en el suelo y mis ojos apunto de delatarme llenos de lágrimas que conseguí contener mientras empuñaba la cámara.

Recibiendo los biberones de la mano de sus «asistentes», los osos luchaban, sin éxito, para coger entre sus pequeñas zarpas afiladas el recipiente con el elixir de la vida. Serguéi y Vasili, protegidos con guantes, impedían cualquier movimiento inesperado de estos peludos osados y extremadamente inquietos: los pequeños no se detenían, escapaban, miraban, te miraban a los ojos y, de repente, me imaginé qué pasaría si me encontraba con uno de ellos un año después, si me reconocería por el olor.

Osezno_biberón

Foto Sandra Maldonado

Pero, de hecho, Serguéi y Vasili, nos contaron que eso no debía ocurrir jamás porque «sería un fracaso si el animal recuerda al humano y lo busca».

Lo que ha hecho Valentín durante décadas, y ahora continúan sus descendientes, es rehabilitar a osos salvajes para que estos puedan ser devueltos al bosque. Mediante un proceso completamente estudiado y controlado,  gradualmente les dan más libertad, los llevan a un bosque cercano para que se acostumbren a la vida salvaje. Eso ocurre alrededor del mes de septiembre, cuando tienen nueve meses. Después de un año, finalmente transportan al oso al lugar donde lo encontraron, con un chip en la oreja que permite hacerles un seguimiento durante dos años.

Vasili nos confesó que se siente padre de todos ellos y que alguna mala experiencia, como la muerte de un osezno a causa de un ataque inesperado de otro oso adulto cuando todavía duraba el periodo de rehabilitación, le ha hecho sentir una profunda tristeza.

Sin embargo, mientras disfrutas del espectáculo que ofrecen al jugar de manera salvaje unos con otros, lo único que puedes pensar es en lo maravillosa que es la existencia ligada a animales en libertad y en lo pequeños que seríamos sin ellos.

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