Stalingrado

Foto Sandra Maldonado

Foto Sandra Maldonado

Seguramente, esta sea la entrada del blog más difícil de escribir por varias razones. Una de ellas es por mi ignorancia sobre la Segunda Guerra Mundial, no excesiva pero sí lo suficientemente grande como para no atreverme a entrar en semejante jardín escrito. Otra razón, es por el profundo respeto que siento por esta época y por los pueblos que sufrieron el asedio nazi. Un momento en la historia que, sin duda, deja atónito a cualquiera, al mismo tiempo que atrae por su enorme magnetismo.

El constructivismo me ha marcado y como me considero 100% empírica, creo que para conocer no hay nada mejor que experimentar in situ. Este fin de semana, después de dieciocho horas de tren, tuve la oportunidad de llegar a Volgogrado, en el sur de Rusia. Gracias a este viaje, ahora puedo imaginar de soslayo cómo fueron aquellos agónicos e infinitos días, desde agosto de 1942 a febrero de 1943. La empatía es la más sabía de todas las ciencias.

Desde mi punto de vista, Volgogrado todavía arrastra el nombre de aquel entonces: Stalingrado. Allí se libró la más feroz de las batallas, con bajas de entre tres a cuatro millones de civiles y soldados de ambos bandos. Fue el comienzo del fin del Tercer Reich.

En la ciudad, aún se respira cierta esencia soviética de la época que te llena de tristeza y te hacer sentir como un pequeño burgués caprichoso, insignificante en este mundo. El «gris» impera en sus calles, sin embargo, si obvias la monocromía y la ausencia de capitalismo no hace mella en ti, consigues ver mucho más.

Las calles están repletas de laureles en honor a los caídos, no solo en la Gran Guerra Patria, como llaman los rusos a la Segunda Guerra Mundial, sino también en la Primera Guerra Mundial. En ocasiones, la sensación de que Volgogrado se niega a sonreír para protegerse del olvido es más fuerte que la necesidad de mantenerse vivo en el presente.

En la Plaza Roja, una llama alumbra un monumento rodeado de flores, mientras un grupo de soldados, aún imberbe, hace el cambio de guardia por sus camaradas desaparecidos con tanta solemnidad como les permiten sus armas demasiado pesadas para cargar con ellas al hombro. Allí, también se erige un monumento al único hijo de «La Pasionaria», Rubén Ruíz Ibárruri, teniente del Ejército Rojo y muerto en el frente con veintidós años. Cientos de nombres en cirílico aparecen cincelados en grandes piedras verticales. Y la metralla todavía está visible en algún poste de electricidad o en los muros de los viejos edificios que consiguieron soportar las duras embestidas. El Museo Panorama, junto a la Casa de Pávlov, también cuenta con el rifle de uno de los mayores héroes de guerra Vasili Záitsev: el francotirador que acabó con más de 242 soldados alemanes.

A las afueras, la estatua de la Madre Patria o ¡La Madre Patria llama!, de 85 metros de altura, es la más impresionante que jamás he visto. Se erige sobre la colina de Mamayev Kurgan como monumento conmemorativo. Aparece frente a ti justo después de bajarte del tranvía, entonces, lo único que puedes hacer es aceptar que el resto del mundo no existe y dirigirte hacia ella hipnotizado por su fuerza. Esa colina era una zona estratégica desde donde defender y controlar toda ciudad. En ella se libraron las luchas más sangrientas para capturarla. Ahora, su falda está cubierta de un césped anegado de metralla y lápidas.

Y así podría continuar con más historias y recuerdos, pero estoy segura de que ya han sido contados…

Lo que me llevo de este viaje, aún sin contar, es la sensación de que las calles albergan un «cementerio de emociones» y la certeza de que Volgogrado no ha olvidado a Stalingrado.

Más fotos en Yolki [jpg] Palky.

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